EL VIAJE COMO DESTINO

Me encantan los mapas Michelin. Su diseño hace que de un vistazo distingas la información solamente por sus iconos y colores.

Recuerdo bien cuando las vacaciones comenzaban meses antes comprando el o los mapas de la zona que íbamos a visitar. Buscábamos el itinerario, y luego en la biblioteca localizábamos los libros que trataban del territorio a conocer, o se compraban si era preciso. No importaba demasiado si estaban actualizados, siempre estarían las poblaciones y los monumentos más importantes y alguna sorpresa más que el autor desconocía, o se había abierto después de editarse. También hemos de tener en cuenta que un importante porcentaje de los libros de viajes están escritos por personas que conocen solamente una parte de lo que cuentan o incluso nunca han estado allí.

Con esos mapas preparaba el viaje; los marcaba a veces, si había algo que no estaba indicado y era de mi interés, pero -sobre todo- buscaba esas carreteras orladas de verde que calificaban los mapas Michelin como “Carretera pintoresca”. Era lo que más me gustaba en aquella época, cuando el GPS no te gobernaba como hace ahora a poco que no sepas domarlo, y no es fácil. Ahora los mapas forman parte de mi archivo histórico, pero no de las herramientas imprescindibles para viajar, como son el teléfono móvil, el GPS, las cámaras fotográficas o el trípode.  Pero sigo pensando que nada como un buen mapa Michelin para llevar con nosotros en cada viaje.

Aunque las herramientas digitales para viajeros serán objeto de una próxima entrada, lo que quiero recomendar encarecidamente es que en cada recorrido activéis un programa que se llama My Tracks y viene de origen con los teléfonos Android. Ese programa va marcando el rastro de vuestro viaje y junto con otras herramientas informáticas gratuitas, puede determinar con precisión inferior a un metro, cada fotografía tomada y cada parada.

Pero volviendo a lo prometido en el título de este escrito, hay viajes para los que no importa el destino elegido. Es la propia ruta el atractivo y poco importa que termine en Vigo, como en Granada o Alicante. Lo verdaderamente atractivo del viaje es el paisaje y las poblaciones. Ya sé que no invento nada si reivindico el “Slow Travel” o el viaje tranquilo como una excelente manera de viajar, como un modo de ayudar al desarrollo, o al menos a aliviar, la agonía del mundo rural.

Prueben un día a emplear 10 horas en un recorrido que debería durar dos, alarguen los meandros del trayecto, piérdanse por carreteras y pueblos desconocidos, buscando esos lugares fuera de las rutas y las modas. Busquen el atractivo de lo sencillo y auténtico.

Una de las rutas con las que pueden probar es la N-330 entre Teruel y Alicante. Cuenta entre Teruel y Ademuz con un trazado demasiado estrecho y con más camiones de lo deseable para una carretera así, pero con vistas espectaculares que invitan a parar y salir a cada paso, sin dejar que se enfríe la cámara de fotos.

Luego, entre Ademuz y Alicante (yo recomendaría acabar en Orihuela o Elche) una carretera ancha, en perfecto estado y con escasísimo tráfico nos permitirá alternar los viñedos interminables de Utiel-Requena, con los castillos y montes deforestados con aspecto lunar o poblados con frondosos pinares.

Poco importa el destino cuando no se tiene prisa y los paisajes se nos van alternando como en un documental.

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